Desde niña se había acostumbrado a estar sola. En esa
soledad, una de sus aficiones era soñar pero otra, mucho más fuerte, y que se
había acentuado con los años, era coger a aquellos animalillos que tenían una
patita mal, o alguna herida y curarlos.
Siempre se repetía la misma historia, cogía un pajarito que
tenía una pata herida o un ala dañada y lo llevaba consigo.
Lo ayudaba a curarse, mientras
jugaba con él, reía con él y soñaba con él. Esos momentos eran totalmente
felices para la niña.
Tardaban poco o mucho en sanar, pero siempre, cuando el
pajarillo se curaba, este tarde o temprano extendía sus alas, y echaba a volar sin mirar atrás.
Ella, todavía hoy, sigue curando pajarillos, con la
esperanza, de que alguno le esté tan agradecido, que decida con ella por
siempre estar.
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